
La primera frase es universal, la palabra “Topkapi” sólo es familiar para los ciudadanos turcos o los que hayan visitado Estambul. Topkapi es el nombre de un Palacio emblemático de la ciudad, pero además es el nombre que reciben calles y localidades de esa porción de Turquía. Nuestro hotel estaba en esa zona, y durante nuestra estadía tuvimos que tomar varios taxis para ir hacia cualquier punto y luego volver. Entonces, para los taxistas foráneos que nos brindaban sus servicios, “Topkapì” era la palabra clave. Pasando por alto un muy rudimentario inglés –de ellos y de nosotros, excepto la equilibrista que es toda una intérprete- era casi el único vocablo que entendían y nos repetían como loros, “Topkapi, ok, Topkapi”.
Como siempre éramos ocho y debíamos ir en dos taxis, una vez que arrancaba el primero, los de atrás decíamos la clásica frase de persecución en las películas: “siga a ese taxi” –algo así como “follow this taxi”-.Pero todo eso es una simple anécdota comparado con la forma en la que conducían esos simpáticos chóferes. A ciento diez kilómetros por hora en una simple avenida. Sin ponerse nunca el cinturón de seguridad. Con una única mano, mientras con la otra sostenían un móvil con el cual se comunicaban con el amigo que iba corriéndoles una picada en el carril de al lado. Nunca parecían entender el destino al que viajábamos. Daban vueltas. Miraban eternamente un mapa buscando un camino que parecía no existir. Le pasaban a cinco centímetros a un peatón y ni se inmutaban, ni tampoco el peatón que a poco había estado de perder su vida.
Hicimos varios viajes y cada uno de ellos nos dejaba una anécdota para contar. Viajar en taxi era siempre adrenalina pura, y bajarse significa agradecer el seguir con vida. Pero el último viaje fue increíble. El “taxi 2” llevaba a la Mentalista, la Payasa, la Equilibrista y la Ilusionista, quienes por primera vez vivieron la experiencia de ir marcha atrás por más de un kilómetro. El taxista le había errado a una salida de una especie de autopista, y muy tranquilo, empezó a retroceder mientras detrás suyo seguían avanzando –con toda la lógica- otros coches y camiones a gran velocidad.
La imagen que resume ese viaje de locura y todas nuestras incursiones en los taxis turcos es la siguiente: el chofer yendo a contramarcha, mirando atrás por sobre su hombro mientras que con el brazo izquierdo intenta bajar las cabezas de la Payasa, la Ilusionista y la Equilibrista, para que no interfieran la visión. Obviamente, mientras se da esa tragicómica situación, las chicas gritan “¡Very dangerous!” y la Payasa suplica que “cierren los ojos, si nos la vamos a dar, mejor no verlo”.
Por fortuna, todas salieron ilesas. Descubrimos que no hay nada más arriesgado y divertido que viajar en un taxi turco. Al otro día, subirnos al avión de vuelta fue un auténtico juego de niños.
By: Javier
El faquir







imagen de google
